Un rincón para pensar en voz alta sobre: ética, existencialismo, ecología, psicología y filosofía, entre otros

Verdad reconocida, verdad vivida

La diferencia entre saber algo y encarnarlo

En muchas ocasiones me he encontrado en conversaciones con familiares y amigos donde hablábamos, de forma indirecta, de verdades o realidades que nos afectan a todos los seres humanos.

De que la vida es corta. De que no podemos darla por sentada.

Por ejemplo, en alguna conversación entre copas con amigos, uno de ellos comentaba:

“La vida no la tenemos comprada y hay que disfrutar cada momento vivido, por minúsculo que sea.”

Y con toda razón: es una verdad que se aplica de forma universal a todos los seres humanos en este planeta. Una verdad que nos recuerda la mortalidad y la impermanencia de las cosas.

Aunque estoy completamente de acuerdo con tal afirmación, mi amigo rara vez la ponía en práctica, pues se enojaba a menudo por problemas menores. Frecuentemente se quejaba de por qué el tráfico es tan malo, de por qué en el restaurante lo atendieron pésimamente o de por qué no pudo cerrar un negocio. Muy a menudo se le veía con ansiedad e intranquilidad; por defecto, estaba enojado.

Realmente no podría juzgarlo. Vivió momentos muy duros durante toda su vida y sus circunstancias fueron bien difíciles. Sospecho que había algo más, pero ese no es mi punto.

Pero a lo que voy es que no solo era él; también lo he visto en otras personas, en la mayoría, de hecho. Es extraño encontrar a alguien que realmente lo ponga en práctica.

Hoy en día tenemos gente que se tatúa la frase Memento Mori, pero pasan más de cinco horas scrolleando en Instagram y TikTok diariamente.

Deseamos una vida larga, pero en el momento en que tenemos tiempo libre, no sabemos qué hacer con él.

¿Por qué? ¿Por qué sabiendo la verdad de manera objetiva, tácitamente la negamos, actuamos como si no fuera cierta, procrastinamos e ignoramos vivir esa verdad?

Y sí, podríamos argumentar que el ser humano es un ser de contradicciones; que las redes sociales y sus poderosos mecanismos de enganche nos están robando la atención; o que el sistema capitalista y su propaganda reducen nuestra identidad a simples trabajadores y consumidores, desplazando otras formas de sentido: la identidad como nación o la promesa de la vida eterna en la religión.

Ernest Becker decía que la conciencia de saber que somos mortales es insoportable y que, debido a ello, hemos desarrollado mecanismos psicológicos y culturales para negarla. Y lo más aterrador es que lo estamos logrando.

No creo que nadie niegue la muerte de forma literal. Todos entendemos que es parte natural de la vida; aceptamos que eventualmente moriremos, pero siempre decimos “algún día”, en algún punto abstracto del futuro lejano, no aquí y ahora. Vemos gente que muere en accidentes de carro, aneurismas, infartos o eventos de azar, y aun así nunca consideramos seriamente la posibilidad de que nos pase a nosotros. Siempre lo vemos lejano. No ahora. Nunca ahora.

Aunque he sabido desde muy pequeño que somos seres mortales, veía mi condición de mortal como algo lejano. Eso empezó a cambiar radicalmente en 2020, cuando vi morir a un vecino, una persona mayor que parecía saludable. En poco tiempo enfermó y falleció; su condición de diabético no le favoreció, lamentablemente.

Al año siguiente, mi hermano mayor murió relativamente joven. Vivíamos en dos países distintos y no nos escribíamos tan seguido. No tenía una mala relación con él, pero yo vivía distraído en mis propios problemas y daba por sentado que lo iba a ver pronto, que teníamos tiempo. Así que no supe realmente la gravedad de su estado hasta sus últimos días.

Dos años después, mi madre sufre un ACV, cae en cama y lentamente vi su progresión y decaída. Seis meses después, fallece.

Hasta aquí, la muerte era una idea. Después de esto, dejó de serlo.

Cuando tu vida es sacada de su curso normal —para tratar de cuidarte de no morir o para cuidar de alguien cercano— te das cuenta de que desperdiciaste una enorme cantidad de tiempo cuando tu vida estaba “bien”, preocupándote por cosas menores. Te recuerdas que debiste abrazar más, expresar más tus sentimientos positivos a otros. Lamentas no haber dicho cuánto los apreciabas, cuánto han significado sus acciones en tu vida, el impacto que tuvieron en ti, cuán agradecido estabas.

Y entonces empiezas a valorar tu tiempo, tu vida, a todos y a todo lo que te rodea.

Se te revela una verdad en tu vida que sabías intelectualmente que existía, pero que ahora empieza a calar en el fondo de tu ser. El duelo lo sientes; te provoca emociones de culpa, arrepentimiento, orgullo, pérdida y agradecimiento. Y si le prestas la atención debida, podrás traducir esta verdad en acciones reales.

Llegas a experimentar aquello que Becker llamaba «saborear» la muerte con los labios de tu cuerpo vivo, para que sepas emocionalmente que eres un ser que morirá; «es el paso a la nada», en el que «se da un giro interior».

Es un tipo de conocimiento que lo clasificaría como espiritual, que está anclado a tu carácter y a tu esencia y que, en mi opinión, no podrás adquirir solo con más información, sino a través de la exposición cercana a la muerte y/o mediante prácticas espirituales.

Para una persona no religiosa, declarada como fisicalista, se me hizo difícil usar la palabra espiritualidad al principio, porque está fuertemente relacionada con alguna religión o con movimientos new age, donde la visión metafísica es contraria a lo que se puede explicar con el conocimiento científico actual.

Pero llegué a la conclusión de que la espiritualidad es una búsqueda más personal e individual de significado y trascendencia, que puede o no estar ligada a una religión. Es la búsqueda de la verdad en la naturaleza y el esfuerzo por vivir en coherencia con ella, alineando pensamiento y acción; de nuevo, sin necesidad de creencias religiosas.

Y es precisamente esta experiencia, y probablemente ninguna otra, la que permite a una persona actuar con auténtica libertad moral y autonomía, guiada por la razón y la moral, y no solo por la atracción y los impulsos.

Entonces, ¿cómo traducimos esta verdad revelada en una práctica de vida? ¿Cómo llevar esa verdad que sabes que existe, que sabes que aplica a ti, a tu familia, a tus amigos, a todos los seres humanos que conoces, y abrazarla para vivir de acuerdo con ella?

En la película Tuesdays with Morrie, en su proceso de ir muriendo, él comenta a su alumno Mitch que deberíamos tener un pajarito en nuestro hombro que nos recuerde que moriremos eventualmente.

Aún no tengo las respuestas. Lo que sí tengo claro es que empezaría por esto: poner un recordatorio todos los días, al menos diez minutos, tú a solas con tus pensamientos, recordando que tu tiempo acá es limitado y finito.

TL;DR Contemplar la muerte de manera recurrente puede fortalecernos, puede inspirar un sentido de urgencia en nuestras vidas, puede hermanarnos con el resto de la humanidad.

Con suerte, si el destino y la vida me lo permiten, seguiré desarrollando este tema en artículos futuros; en particular, este esfuerzo por dejar de negar la muerte.